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por Elizabeth Sammons

La realidad que cualquier padre le puede decir es esta: cuando los niños se hacen adolescentes, sus habilidades crecen junto con su independencia. Debemos estar ahí para guiarles, pero también para aceptar y enorgullecernos de sus logros. No me esperaba que la realidad agridulce de ver a mi hija conducir me abrumara tanto, pero tal vez esta historia les ayude a otros padres a darse cuenta de que esta sensación es completamente normal.

La hora de conducir se avecina. Una historia sobre la crianza de una adolescente

“Mami, puedes venir con nosotros, pero no te asustes, porque si lo haces, yo también lo haré”. Estas palabras reticentes prepararon el camino para la tercera experiencia como conductora aprendiz que mi hija Sophia iba a emprender.

El anochecer azulado es inusualmente cálido para el mes de febrero, pero asombrosamente tranquilo. “Se ve diferente en la oscuridad”, dice Sophia, justo antes de que su padre Jeff le gruña mostrando que está de acuerdo, y le recuerda, “Pon la intermitente, incluso hasta en los estacionamientos”. Gracie, nuestro auto familiar, comienza a parpadear en concordancia cuando nuestra hija obedece sus instrucciones.

A medida que llegamos a una calle con más tránsito, Jeff le indica lo que tiene que hacer; “Hasta aquí. No te olvides de parar. Mira a la izquierda dos veces antes de cruzar”. Me estreso al pensar sobre los informes de su última clase—otro conductor la estuvo siguiendo demasiado cerca; la pasó y por poco choca con otro carro que venía de frente; y solo minutos después, mi hija tuvo que frenar abruptamente cuando dos perros comenzaron a jugar en medio de la calle. El letrero “Aprendiz de conductor” no le podría haber servido de mucho, por lo menos no con los perros.

Me estremezco junto con las ruedas de Gracie, que crujen sobre las vías del ferrocarril. Todo está en silencio. Hay demasiado silencio. Pero ¿cuántos cientos de veces hemos rebotado sobre este cruce durante los seis años que hemos vivido en este barrio, sin que yo le prestara atención? Muchas veces me sorprende cuando un conductor nota el menor zumbido, chirrido o gruñido fuera de la común. Este asombro solo encuentra su pareja cuando noto la indiferencia del mismo conductor al canto de un tordo sargento en el camino, que para mí es la cartelera de alegría cenagosa que pasamos, pero que no podemos retener.

Como pasajera eterna, siendo ciega de nacimiento, solía pensar que la creencia popular, de que mi sentido del oído era mejor que el de los videntes, era cierta y, aunque todavía concuerdo en que mi sentido auditorio está más atento que el de la mayoría de las personas cuyos ojos ven lo que yo escucho con mis oídos, esta lección de conducir me enseña que es sólo una cuestión de perspectiva, depende a lo que decidamos enfocar nuestra atención.

“Ve más despacio ahora; alguien se acerca. Ahora sigue hacia adelante; cualquiera de los carriles; ve hasta la mitad de la rotonda, entonces toma la salida lentamente”, dice Jeff. Sophia sigue las instrucciones al pie de la letra. Gracie recorre la curva apaciblemente con la misma suavidad que el barco que una vez piloté sobre las calmas aguas de un lago.

“Bien hecho”, respiro. Es mi primer comentario. Y me sorprendo cuando Sophia responde, “¿En serio? ¡Chévere!”

Mi silencio es intencional teniendo en cuenta la multitud de situaciones que esta pilluela inexperta deberá tener presente a medida que inicia el rito de paso más importante que marca la transición de la infancia a la adolescencia en la cultura estadounidense. Los semáforos emiten sus órdenes a lo largo del espectro de instrucciones de parar y seguir y, para mi alivio, Sophia obedece. “Lo acabo de captar, papá—tengo que aflojar un poquitín el freno, así no nos vamos hacia atrás cada vez que paramos”.

“Sí, así es”, responde Jeff. Aun con solo estas tres palabras, se deja entrever su orgullo. “Sabía que encontrarías la forma de hacerlo”. De repente, su tono cambia a su rol de jefe, de padre. “Ahora quédate en medio. ¡Te estás yendo a la derecha y vas a chocar contra ese carro!” Mi estómago da tumbos al sentir el viraje, a pesar de que nunca antes me había mareado en el carro. Definitivamente, ¡este no es el mejor momento para empezar a hacerlo!

Por suerte, tal vez, un recuerdo de mi infancia me distrae de la carretera. “¡Hay que encontrar el punto medio!” La voz es la de un hombre preservada en la versión grabada de “Dioses y héroes griegos” que a la edad de seis años había escuchado y memorizado. Se trata del mito de Dédalo e ícaro. Dédalo, fabricante maestro de alas le advierte a su hijo ícaro que no vuele demasiado alto ni demasiado bajo al emprender su escape del laberinto en el que los dos habían estado encarcelados. ¿Por qué me acuerdo de esto ahora y por qué mis hombros se contraen, como si esta noche su propio peso fuera insostenible? Trato de sacudir el mito de mi mente, con su trágico final a consecuencia de que ícaro ignora el sabio consejo de Dédalo y vuela demasiado alto. Pero no puedo; prácticamente puedo sentir la cera, que sujetaba las plumas de sus alas, derretirse antes de que ícaro caiga al mar sin poder hacer nada y muera.

Fiel a su nombre griego que significa Sabiduría, Sophia intenta hacer lo que su padre, ahora instructor, le ordena; sin ninguna objeción típica de los adolescentes. Una y otra vez su padre la amonesta de que se está desviando hacia la derecha cuando las ruedas de Gracie rasguñan el pavimento áspero, o cuando sus manos se cruzan innecesariamente sobre el volante y, para colmo, que no se desvíe hacia la izquierda cuando va a girar a la derecha. Desde mi ciego asiento trasero, mi respiración se detiene.

Una última prueba—Sophia tiene que guiar hacia atrás porque ha entrado a un callejón sin salida. “Simplemente cambia de marcha, siente el borde de la acera en las ruedas y gira. No es tan terrible”, le dice Jeff.

“No, a menos que choque contra el buzón”, responde Sophia, pero ya puedo sentir a Gracie apaciguándose después de hacer sido cambiada de su acostumbrado deambular hacia adelante.

Una vez más, mis pensamientos me transportan al pasado. “¡Es el número cinco, el número cinco, el número cinco! Grita Sophia y empieza a saltar de alegría. “Ya lo puedo leer, mami. ¡Ya viene!” Sophia extiende su manita derecha para encontrar mi mano izquierda y me la sostiene para subir juntas los escalones del autobús escolar para regresar a casa. Las dos nos reímos cuando una enorme gota de lluvia me cae en la nariz; se me ha olvidado traer el paraguas. Las dos nos alegramos de que el autobús haya llegado tan rápido. Sabemos que pronto llegaremos a casa.

Me doy cuenta al anochecer que los días de mutua restricción ante este arte que llamamos conducir, ya no será nuestra. De hecho, al igual que muchas otras personas en nuestra ciudad, es posible que Sophia nunca vuelva a tomar otro autobús.

De alguna forma, Gracie y Sophia sortean el camino y llegamos a casa. Al escuchar el clic estereofónico de las cuatro cerraduras que indica que han sido liberadas, abro mi puerta; Sophia se ha acordado de poner el cambio en “P” para estacionar. Algo me hace caminar hacia su lado del auto. Levanto mi mano derecha, luego mi izquierda, y chocamos los cinco con las dos manos. Las llaves en su mano derecha se incrustan en mi palma izquierda y me dejan una marca que no desaparecerá por varios minutos. “Bien hecho, mami”, le digo, imitando la dulce frase que solía decirme cuando ella pensaba que yo había hecho algo maravilloso.

Pero al darme la vuelta, mi sonrisa se desvanece. No puedo sacudir este cosquilleo de orgullo que siento por sus logros y esta pulsante tristeza que siento al darme cuenta de que ya pronto una división definitiva, casi universal en los Estados Unidos del siglo XXI, se interpondrá entre nosotras—la división que separa a los invidentes sin licencia de los amos de la carretera con vista perspicaz. “Buen hecho, mami”, me repito a mí misma a medida que entro a la casa.

“Mamá, ven aquí”, Sophia me llama después de quitarnos los abrigos. “Olvidé darte esto para tu cumpleaños”. En mi mano, encuentro un pequeño cuaderno con espiral. En cada página está escrita una promesa: “Válido para un masaje de espalda, desayuno en la cama, sesión de lectura”. Pero el último cupón dice, “Válido para un viaje en taxi”. “Bueno, quizás todavía no”, digo cerrando el cuadernito.

Sophia se ríe. “Pues obvio, mamá. Pero ya pronto. Será divertido, ¿no?”

Para Elizabeth Sammons es un gran orgullo informar que cinco años después de escribir este artículo, el expediente de conducir de Sophia sigue siendo impecable, y muchos viajes por carretera han forjado lindos recuerdos tanto para la madre como para la hija.